Australia es un lugar que ocupa un lugar muy especial en mi trayectoria como fotógrafo y viajero. Es —dejando aparte España— el país del mundo donde más tiempo he pasado fotografiando.
Para un proyecto fotográfico de ese calibre, en aquella época iba equipado con una recién comprada Bronica ETR-Si de formato 4,5x6 con un 40, un 75 y un 250 mm. Para la fotografía de fauna y reportaje llevaba la Canon T-90 y una AE-1 Program. Nada de autofocus ni sellado contra el polvo o la humedad en aquellos tiempos, pero todas las cámaras aguantaron el duro trote a que las sometimos. Como ópticas usaba los Canon FD 17 mm f:4, 28 mm f:2.8, 100 mm f:4 Macro, 80-200 mm f:4L, 300 mm f:2.8L y 400 mm f:4.5, con teleconvertidores 1,4X y 2X. Eulàlia llevaba una Canon EOS 100 con un EF 28-80 mm f:3.5-5.6.
Aquel viaje significó para mí el final de quince años de uso la película Kodachrome y el principio de doce años con la Fujichome Velvia 50. En mi libreta de campo leo ahora que disparé 120 carretes de formato 24x36 (Fuji Velvia 50, Fuji 100D, Kodachrome 64 y 200 y Ektachrome 400x), así como 100 de formato 120 (Fuji Velvia 50, Fuji 100D y Kodachrome 64 Pro).
Gestionar todos estos carretes de película a lo largo de un viaje de varios meses requería de una cierta minuciosidad, Los llevaba protegidos en una pequeña nevera y cada noche, antes de ir a dormir, numeraba correlativamente los rollos expuestos y apuntaba en una libreta la cámara con la que estaban hechos, así como los sujetos y lugares que contenían para su posterior identificación. Cada tres o cuatro semanas mandábamos las películas expuestas hacia España por servicios de mensajería para que fueran reveladas. La película ya impresionada se deteriora rápidamente con el calor y la humedad, y no queríamos que eso nos sucediera en un país de clima tan extremo.
Australia marcó un antes y un después en nuestros viajes. La experiencia nos dejó fascinados y fue el acicate para explorar más y más países del mundo.
A pesar de los siete años que habían transcurrido, el equipo fotográfico de formato medio seguía siendo el mismo (en aquella época hacíamos durar las cámaras mucho más que ahora). Pero el enfoque automático ya se había impuesto, por lo que mi equipo de paso universal sí que había cambiado por completo: ahora usaba unas Canon EOS-1n HS y EOS-3, con los EF 17-35 mm f/2.8L, 28-105 mm F:3.5-4.5, 70-200 mm f:2.8L y 500 mm f:4.5L. También llevaba una compacta Yashica T5. Las películas ya eran todas Fujichrome: montañas de rollos de Velvia 50, Sensia 100 y MS 100-1000, que habitualmente forzaba a 200 ISO.
Debido a las zonas de difícil acceso que habíamos planificado visitar en esta ocasión alquilamos primero un 4x4 que, a partir de medio viaje (una vez ya pasados los lugares más remotos) cambiamos por una más práctica autocaravana Toyota idéntica a la del 92.
Canon EOS 100, 28-105 mm f:3.5-4.5, Fujichrome Sensia 100
Canon EOS 100, 28-105 mm f:3.5-4.5, Fujichrome Sensia 100
El país es enorme y, tal y como decimos siempre Eulàlia y yo: “Australia hay que conducirla”. Uno no puede hacerse una idea de su magnitud en un viaje de un par de semanas y saltando en avión de una localidad a otra. Tan sólo las interminables horas de automóvil a través del desolado Outback te dan la proporción de lo que estas realmente visitando.
La sensación de vacío un tanto inquietante que transmite el paisaje australiano queda bien plasmada en los cuatro minutos iniciales de la película "Japanese Story" (2003), donde un ejecutivo japonés queda atónito ante el enorme vacío y silencio del paisaje del interior de Australia. Por cierto, siendo japonés lo fotografía con una Leica M.
– En Australia ustedes tienen mucho espacio y poca gente. En Japón tenemos mucha gente y poco espacio.– le dice más avanzada la película a la geóloga australiana interpretada por la actriz Toni Collette.
¿Qué hacer? Unas piedras que había puesto en el límite del agua nos indicaron que, en lugar de bajar, el nivel estaba aumentando.
Pasamos la tarde leyendo, espantando moscas y echándonos agua encima con una ducha solar para refrescarnos. Esa noche nos fuimos a dormir con la mirada puesta en las nubes que cubrían el cielo. Unas gotas resonaron en el techo del automóvil. ¡Que no llueva más, por favor!
—Hey guys, let's go!— (Hola chicos, nos vamos!).
Eran los guardas: el río había bajado lo suficiente y había que evacuar de inmediato, ya que había amenaza de más lluvias y entonces era seguro que quedaríamos aislados durante días. Saltamos a los asientos de nuestro Toyota dispuestos a seguir a los guardas, pero el resto de viajeros acampados aún tenían que recoger todo su material.
Tras este segundo viaje, y habiendo sumado seis meses de exhaustivo trabajo en Australia, Eulàlia y yo dimos el tema por cerrado. Luego estuvimos meses ordenando las diapositivas obtenidas, clasificándolas y etiquetándolas. Después se sucedieron los reportajes en revistas, conferencias, exposiciones, etc. Australia se había convertido en una parte de nuestras vidas.
El próximo año van a cumplirse veinte del primero de aquellos viajes y el gusanillo por volver a conducir miles de kilómetros a través del desolado Outback hace tiempo que nos carcome. Habrá que ver si los Dioses son propicios y algún día podemos completar una trilogía australiana.



























