

(English summary at the end of the Post)
Hace un tiempo una persona me habló de una isla yemení situada en el Mar de Arabia, a unos 230 km al Este de la costa de Somalia. Me habló de sus extraños árboles, de sus pájaros endémicos y de sus solitarias playas sin hoteles ni turistas. Y también de los vientos huracanados que impedían el acceso durante buena parte del año. Era la isla de Socotra.
Bautizada como Dioscórida por los antiguos griegos, es un lugar olvidado del mundo, aunque tremendamente rico en historia y que fuera punto de origen del incienso y de la mirra, productos que tanta importancia tuvieron para el comercio de la antigüedad. Se trata asimismo del territorio donde, según la leyenda, vivía la mitológica ave fénix, además de estar enclavada en un mar de piratas, aún en la actualidad. Por aquí pasaron el apóstol Santo Tomás, el viajero Marco Polo y, el ficticio héroe Simbad. El acceso a los extranjeros estuvo prohibido durante años y los vientos monzónicos y la falta de un aeropuerto hasta 1999 fomentaron su aislamiento. Socotra, Socotora, Soqotra, Suqotra, Sokotra, Suqutrah o Sukhatra (سقطرة) rebosa biodiversidad y fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO hace menos de un año.
Interesado como estoy por las islas remotas, busqué información sobre este archipiélago y lo guardé en mi lista de destinos deseados, a la espera del momento adecuado para ir a fotografiar un lugar sin infraestructura para los viajeros, que se prometía logísticamente complicado y comercialmente arriesgado.
Año tras año, las revistas de viajes solicitan una y otra vez a los fotógrafos sujetos como Kenia, Provenza, Islandia, Las Galápagos, Patagonia, los Parques de USA, Londres, Praga... Quizás por ello, en estos últimos años son muchos los fotógrafos de viajes o de la naturaleza que fotografían los mismos temas. Por otra parte, también han puesto de moda los viajes organizados para fotografiar especies animales en concreto, como osos, pigargos, búhos, etc. Con frecuencia se trata de animales salvajes cebados con alimento por una incipiente industria turística especializada en atraer a fotógrafos ofreciéndoles la fácil obtención de imágenes de especies atractivas.
Creo que esta tendencia nos aleja un tanto de la esencia del viaje como experiencia personal, así como del conocimiento y contacto con la naturaleza salvaje. Por ello, como fotógrafo y como persona, cada vez me apetece más trabajar temas poco conocidos y experimentar el placer de descubrirlos por mi mismo. Esta inquietud ya me llevó últimamente hasta el remoto archipiélago de las Pribilof en el Mar de Bering, a explorar la solitaria pista Dempster Highway en el Ártico Canadiense, o a andar durante un mes en el macizo de los Annapurna en plena época de los Monzones.
En noviembre de 2008, asistí al Festival International de la Photo Animaliere et de Nature de Montier-en-Der en Francia y allí vi imágenes maravillosas, pero muchas eran de los mismos destinos y especies. Allí se afianzó la idea de trabajar en un gran reportaje sobre algo distinto. Había llegado mi momento para Socotra: indagué a fondo en Internet, compré algunos libros y contacté con varias ONGs que desarrollan proyectos de conservación en la isla. Los e-mails comenzaron a fluir por la red: desde Barcelona a Madrid, a Londres, a Amman, a Sana'a, a Socotra... Mientras, mi compañera Eulàlia se enfrascaba en sus habituales tareas de producción: buscando los vuelos más adecuados, combinando fechas de llegadas y partidas, buscando enlaces, y organizando los complejos aspectos económicos del viaje.
A lo largo de los meses de diciembre y enero de 2009 todo fue encajando muy lentamente y, a primeros de febrero, nuestros amigos Alex y Estefania decidieron acompañarnos durante la primera mitad de este viaje.
En los días previos a la partida, cuando conocidos, clientes y familiares nos preguntaban cual era nuestro próximo destino y, tras nuestra respuesta, respondían con un –¿Y donde está esto?–, supimos que habíamos acertado en la elección.
A mediados de marzo volamos de Barcelona a Amman, en Jordania, y de allí a Sana'a, la capital de Yemen. Tras superar ciertos problemas con la burocracia y el equipaje fotográfico logramos tomar un vuelo local hasta Socotra. No habíamos logrado comprar los vuelos de salida de la isla, pero pensamos que la providencia ya nos ayudaría una vez allí. Al escribir a las agencias de viaje de Sana'a para intentar comprar los billetes nos respondían, o bien que los vuelos deseados no existían aunque aparecieran en la web de la compañía aérea, o que ya estaban todas las plazas llenas, o que en realidad la compañía aún no había comprado el avión para poder operarlo. Ante nuestra sorpresa e insistencia la respuesta era —This is Yemen!—.
En Socotra trabajamos intensamente durante tres semanas bajo un sol abrasador, durmiendo muchas noches al raso bajo las estrellas o en un espartano funduq con duchas de agua fría, y alimentándonos básicamente de pan árabe acompañado de miel, quesitos en porciones o latas de atún que los abundantes alimoches o las descaradas cabras nos quitaban en cuando podían. Algunos días pudimos comer arroz con algo de cordero o bien pescado fresco recién capturado en los arrecifes de coral. Cuando la comida faltaba las cabras se contentaban con papel y, al parecer, las páginas del libro que yo llevaba para leer, "Los árabes del mar" del periodista y fotógrafo Jordi Esteva, les parecieron especialmente apetitosas.
El Toyota Land-Cruiser que logramos alquilar —no sin dificultades—, tenía más de 700.000 kilómetros a sus espaldas, sus puertas no cerraban y, de vez en cuando, se negaba a arrancar si no era con la ayuda de unos golpes de piedra dados con precisión en cierta parte de su mecanismo. Los habitantes de la isla, con contadas excepciones, no hablan más que socotrí, un antiguo idioma semítico del que nos esforzamos por aprender algunas frases, y árabe. Pero su amabilidad superaba todos los obstáculos, aunque hay que resaltar que son reticentes a ser fotografiados.

Socotra no nos defraudó y a pesar de las dificultades (¿o quizás debido a ellas?) nos dejó cautivados. Ahora, de regreso a nuestra sociedad occidental sumergida en la crisis económica, la mediocridad y el color gris, nuestros ojos siguen repletos del increíble azul del mar de Arabia y del rosa vivo de las flores de los Desert Rose Tree. En pleno proceso de edición del abundante material fotográfico obtenido, y a la espera de poder montar una galería en la web, de momento aquí os muestro algunas de las primeras fotografías de este trabajo.






























